Principal 21 lecciones para el siglo XXI

21 lecciones para el siglo XXI

Año:
2018
Edición:
1st
Editorial:
Debate
Idioma:
spanish
Páginas:
755
ISBN 13:
9788499928777
File:
EPUB, 565 KB
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1

21 lecciones para el siglo XXI

Year:
2018
Language:
spanish
File:
MOBI , 800 KB
		
			Parte V

 			 

            Resiliencia

			 

			 

			 

			 

			¿Cómo se vive en una época de desconcierto cuando los relatos antiguos se han desmoronado y todavía no ha surgido un relato nuevo que los sustituya?


		

	
		
			Agradecimientos

			 

			 

			 

			 

			Quisiera dar las gracias a todos los que me ayudaron a escribir, y también a borrar: 

			A Michal Shavit, mi editor en Penguin Random House en el Reino Unido, que fue quien me dio la idea para este libro y quien me guio durante el largo proceso de escribirlo; y también a todo el equipo de Penguin Random House, por su duro trabajo y su apoyo. 

			A David Milner, quien, como de costumbre, hizo un magnífico trabajo al editar el texto original. A veces yo solo tenía que pensar qué diría David para trabajar más a fondo el texto.

			A Suzanne Dean, mi directora creativa en Penguin Random House, que es el genio que hay detrás de la cubierta del libro.

			A Preena Gadher y sus colegas en Riot Communications, por haber orquestado una campaña brillante de relaciones públicas. 

			A Cindy Spiegel, de Spiegel & Grau, por sus comentarios y por cuidarse de las cosas al otro lado del Atlántico. 

			A todos mis otros editores en todos los continentes del mundo (excepto en la Antártida), por su confianza, dedicación y trabajo profesional. 

			A mi ayudante de investigación, Idan Sherer, por comprobarlo todo, desde los datos de las sinagogas antiguas hasta los de la inteligencia artificial. 

			A Shmuel Rosner, por su apoyo continuo y sus buenos consejos.

			A Yigal Borochovsky y Sarai Aharoni, que leyeron el original y dedicaron mucho tiempo y esfuerzo a corregir mis errores, y me ayudaron a ver las cosas desde otras perspectivas. 

			A Danny Orbach, Uri Sabach, Yoram Yovell y Ron Merom, por su conocimiento de los kamikazes, la vigilancia, la psicología y los algoritmos. 

			A mi fiel equipo (Ido Ayal, Maya Orbach, Naama Wartenburg y Eilona Ariel), que ha pasado muchos días pendiente del correo electrónico por mi causa. 

			A todos;  mis amigos y a los miembros de mi familia, por su paciencia y amor. 

			A mi madre, Pnina, y a mi suegra, Hannah, por dedicarme su tiempo y experiencia. 

			A mi esposo y agente, Itzik, sin el cual nada de esto habría ocurrido. Yo solo sé cómo escribir libros. Él hace todo lo demás. 

			Y, por último, a todos mis lectores por su interés, tiempo y comentarios. Si un libro se halla en una estantería y nadie lo lee, ¿acaso tiene algún efecto?

			 

			 

			Como se indicó en la introducción, este libro se ha escrito en conversación con el público. Muchos de sus capítulos se compusieron en respuesta a preguntas que me dirigieron lectores, periodistas y colegas. Algunas versiones originales de algunas partes se publicaron previamente como ensayos y artículos, lo que me dio la oportunidad de recibir comentarios y perfeccionar mis argumentos. Dichas versiones incluyen los siguientes ensayos y artículos:

			 

			«If We Know Meat Is Murder, Why Is It So Hard For Us to Change and Become Moral?», Haaretz de junio de 2012.

			«The Theatre of Terror», The Guardian de enero de 2015.

			«Judaism Is Not a Major Player in the History of Humankind», Haaretz de julio de 2016.

			«Yuval Noah Harari on Big Data, Google and the End of Free Will», FT.com de agosto de 2016.

			«Isis is as much an offshoot of our global civilisation as Google», The Guardian, 9 de septiembre de 2016.

			«Salvation by Algorithm: God, Technology and New 21st Century Religion», New Statesman, 9 de septiembre de 2016.

			«Does Trump’s Rise Mean Liberalism’s End?», The New Yorker, 7 de octubre de 2016.

			«Yuval Noah Harari Challenges the Future According to Facebook», Financial Times de marzo de 2017.

			«Humankind: The Post-Truth Species», Bloomberg.com de abril de 2017.

			«People Have Limited Knowledge. What’s the Remedy? Nobody Knows», The New York Times de abril de 2017.

			«The Meaning of Life in a World Without Work», The Guardian, 8 de mayo de 2017.

			«In Big Data vs. Bach, Computers Might Win», Bloomberg View de mayo de 2017.

			«Are We About to Witness the Most Unequal Societies in History?», The Guardian de mayo de 2017.

			«Universal Basic Income is Neither Universal Nor Basic», Bloomberg View, 4 de junio de 2017.

			«Why It’s No Longer Possible For Any Country to Win a War», Time.com de junio de 2017.

			«The Age of Disorder: Why Technology is the Greatest Threat to Humankind», New Statesman de julio de 2017.

			«Reboot for the AI Revolution», Nature News de octubre de 2017.


		

	
		
			15 

 			 

            Ignorancia

			 

			Sabes menos de lo que crees

			 

			 

			En los capítulos anteriores se ha pasado revista a algunos de los problemas y las novedades más importantes de la era actual, desde la amenaza exageradamente publicitada del terrorismo hasta la amenaza muy poco apreciada de la disrupción tecnológica. Si el lector se ha quedado con la sensación inquietante de que esto es demasiado y de que no puede procesarlo todo, tiene sin duda toda la razón. Ninguna persona puede.

			En los últimos siglos, el pensamiento liberal desarrolló una confianza inmensa en el individuo racional. Representó a los humanos como agentes racionales independientes, y ha convertido a estas criaturas míticas en la base de la sociedad moderna. La democracia se fundamenta en la idea de que el votante es quien mejor lo sabe, el capitalismo de mercado libre cree que el cliente siempre tiene la razón y la educación liberal enseña a los estudiantes a pensar por sí mismos.

			Sin embargo, es un error depositar tanta confianza en el individuo racional. Los pensadores poscoloniales y feministas han señalado que este «individuo racional» podría muy bien ser una fantasía occidental chovinista, que ensalza la autonomía y el poder de los hombres blancos de clase alta. Como ya se ha señalado, los expertos en economía conductual y los psicólogos evolutivos han demostrado que la mayoría de las decisiones humanas se basan en reacciones emocionales y atajos heurísticos más que en análisis racionales, y que mientras que nuestras emociones y heurística quizá fueran adecuadas para afrontar la vida en la Edad de Piedra, resultan tristemente inadecuadas en la Edad del Silicio.

			No solo la racionalidad es un mito: también lo es la individualidad. Los humanos rara vez piensan por sí mismos. Más bien piensan en grupos. De la misma manera que hace falta una tribu para criar a un niño, también es necesaria una tribu para inventar un utensilio, resolver un conflicto o curar una enfermedad. Ningún individuo sabe todo lo necesario para construir una catedral, una bomba atómica o un avión. Lo que confirió a Homo sapiens una ventaja sobre los demás animales y nos convirtió en los amos del planeta no fue nuestra racionalidad individual, sino nuestra capacidad sin parangón de pensar de manera conjunta en grupos numerosos.[1]

			De forma individual, los humanos saben vergonzosamente poco acerca del mundo, y a medida que la historia avanza, cada vez saben menos. Un cazador-recolector de la Edad de Piedra sabía cómo confeccionar sus propios vestidos, cómo prender un fuego, cómo cazar conejos y cómo escapar de los leones. Creemos que en la actualidad sabemos muchísimo más, pero como individuos en realidad sabemos muchísimo menos. Nos basamos en la pericia de otros para casi todas nuestras necesidades. En un experimento humillante, se pidió a varias personas que evaluaran cuánto conocían sobre el funcionamiento de una cremallera corriente. La mayoría contestó con absoluta confianza que lo sabían todo al respecto; a fin de cuentas, utilizaban cremalleras a diario. Después se les pidió que describieran con el mayor detalle posible todos los pasos que implican el mecanismo y el uso de la cremallera. La mayoría no tenían ni idea.[2] Esto es lo que Steven Sloman y Philip Fernbach han denominado «la ilusión del conocimiento». Creemos que sabemos muchas cosas, aunque individualmente sabemos muy poco, porque tratamos el conocimiento que se halla en la mente de los demás como si fuera propio.

			Esto no tiene por qué ser malo. Nuestra dependencia del pensamiento de grupo nos ha hecho los amos del mundo, y la ilusión del conocimiento nos permite pasar por la vida sin que sucumbamos a un esfuerzo imposible para comprenderlo todo por nosotros mismos. Desde una perspectiva evolutiva, confiar en el saber de otros ha funcionado muy bien para Homo sapiens. 

			Sin embargo, como otras muchas características humanas que tenían sentido en épocas pasadas pero que en cambio causan problemas en la época moderna, la ilusión del conocimiento tiene su aspecto negativo. El mundo está volviéndose cada vez más complejo, y la gente no se da cuenta de lo poco que sabe sobre lo que está ocurriendo. En consecuencia, personas que apenas tienen conocimientos de meteorología o biología proponen no obstante políticas relacionadas con el cambio climático y la modificación genética de las plantas, mientras que otras tienen ideas muy claras acerca de lo debería hacerse en Irak o Ucrania, aunque sean incapaces de situar estos países en un mapa. La gente rara vez se es consciente de su ignorancia, porque se encierran en una sala insonorizada de amigos que albergan ideas parecidas y de noticias que se confirman a sí mismas, donde sus creencias se ven reforzadas sin cesar y en pocas ocasiones se cuestionan.[3]

			Es improbable que proporcionar más y mejor información a la gente mejore las cosas. Los científicos esperan disipar las concepciones erróneas mediante una educación científica mejor, y los especialistas confían en influir en la opinión pública en temas como el Obamacare y el calentamiento global presentando a la gente hechos precisos e informes de expertos. Tales esperanzas se basan en una idea equivocada de cómo piensan en realidad los humanos. La mayor parte de nuestras ideas están modeladas por el pensamiento grupal y no por la racionalidad individual, y nos mantenemos firmes en estas ideas debido a la lealtad de grupo. Es probable que bombardear a la gente con hechos y mostrar su ignorancia individual resulte contraproducente. A la mayoría de las personas no les gustan demasiado los hechos y tampoco parecer estúpidas. No estemos tan seguros de poder convencer a los partidarios del Tea Party de la verdad del calentamiento global enseñándoles páginas y más páginas de datos estadísticos.[4]

			El poder del pensamiento grupal está tan generalizado que resulta difícil romper su preponderancia, aunque las ideas parezcan ser bastante arbitrarias. Así, en Estados Unidos los conservadores de derechas suelen preocuparse mucho menos de cosas como la contaminación y las especies amenazadas que los progresistas de izquierdas, razón por la cual Luisiana tiene normativas ambientales mucho más permisivas que Massachusetts. Estamos acostumbrados a esta situación, de modo que la damos por sentada, pero en realidad es muy sorprendente. Cabría esperar que los conservadores se preocuparan mucho más por la conservación del antiguo orden ecológico y por proteger sus tierras ancestrales, sus bosques y ríos. En cambio, cabría esperar que los progresistas estuvieran más abiertos a los cambios radicales en el campo, en especial si el objetivo es acelerar el progreso y aumentar el nivel de vida de las personas. Sin embargo, una vez que la línea del partido se ha fijado sobre estas cuestiones mediante diversas particularidades históricas, para los conservadores se ha vuelto algo de lo más natural rechazar la preocupación por los ríos contaminados y las aves en peligro de extinción, mientras que los progresistas de izquierdas suelen mostrarse temerosos ante cualquier alteración del antiguo orden ecológico.[5]

			Ni siquiera los científicos son inmunes al poder de pensar en grupo. Así, los científicos que creen que los hechos pueden hacer cambiar la opinión pública tal vez sean víctimas del pensamiento científico grupal. La comunidad científica cree en la eficacia de los hechos; de ahí que los leales a dicha comunidad continúen pensando que pueden ganar los debates públicos lanzando a diestro y siniestro los hechos adecuados, a pesar de que hay gran evidencia empírica de lo contrario. 

			De forma parecida, puede que la creencia liberal en la racionalidad individual también sea producto del pensamiento liberal en grupo. En uno de los momentos culminantes de La vida de Brian, de los Monty Python, una enorme muchedumbre de seguidores ilusos confunden a Brian con el Mesías. Brian les dice a sus discípulos: «¡No es necesario que me sigáis, no es necesario que sigáis a nadie! ¡Tenéis que pensar por vosotros mismos! ¡Todos sois individuos! ¡Todos sois diferentes!». La muchedumbre entusiasta canta entonces al unísono: «¡Sí! ¡Todos somos individuos! ¡Sí, todos somos diferentes!». Los Monty Python parodiaban la ortodoxia contracultural de la década de 1960, pero la afirmación puede aplicarse igualmente al individualismo racional en general. Las democracias modernas están llenas de muchedumbres que gritan al unísono: «¡Sí, el votante es quien mejor lo sabe! ¡Sí, el cliente siempre tiene la razón!».

			 

			 

			EL AGUJERO NEGRO DEL PODER

			 

			El problema del pensamiento de grupo y de la ignorancia individual afecta no solo a los votantes y clientes comunes, sino también a presidentes y directores generales. Puede que tengan a su disposición gran cantidad de asesores y vastos servicios de inteligencia, pero no por eso las cosas son necesariamente mejores. Es muy difícil descubrir la verdad cuando se gobierna el mundo. Se está demasiado atareado. La mayoría de los dirigentes políticos y de magnates de los negocios se pasan la vida trajinando. Pero para profundizar en cualquier tema se necesita mucho tiempo, y en particular el privilegio de perder el tiempo. Es necesario experimentar con caminos improductivos, probar con callejones sin salida, dejar espacio a las dudas y al aburrimiento, y permitir que pequeñas semillas de perspicacia crezcan lentamente y florezcan. Si no podemos permitirnos perder tiempo, nunca daremos con la verdad.

			Y lo que es aún peor: el poder grande distorsiona inevitablemente la verdad. El poder se dedica a cambiar la realidad en lugar de verla como es. Cuando tenemos un martillo en la mano, todo parece un clavo; y cuando tenemos un gran poder en la mano, todo parece una invitación a inmiscuirse. Incluso si de alguna manera superamos esta ansia, la gente que nos rodea nunca olvidará el martillo gigante que enarbolamos. Todos los que hablen con nosotros tendrán motivaciones secretas conscientes o inconscientes, de modo que nunca podremos confiar por completo en lo que dicen. Ningún sultán puede confiar nunca en que sus cortesanos y subordinados le digan la verdad.

			Así, el gran poder actúa como un agujero negro que deforma el espacio que lo rodea. Cuanto más nos acercamos, más retorcido se torna todo. Cada palabra lleva una carga adicional cuando penetra en nuestra órbita, y cada persona que vemos intenta adularnos, calmarnos u obtener algo de nosotros. Saben que no podemos dedicarles más de un minuto o dos, y temen decir algo impropio o confuso, de modo que terminan soltando consignas hueras o los mayores tópicos posibles.

			Hace un par de años fui invitado a cenar con el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu. Unos amigos me aconsejaron no acudir, pero no pude resistir la tentación. Pensé que por fin podría escuchar algunos grandes secretos que solo se transmiten a oídos importantes tras las puertas cerradas. ¡Qué desengaño! Había allí unas treinta personas, y cada una intentaba atraer la atención del Gran Hombre, impresionarlo con su ingenio, ganarse su favor o conseguir algo de él. Si algunos de los que estaban en la cena sabían de un gran secreto, hicieron un esfuerzo ímprobo por guardarlo para sí. Eso no era culpa de Netanyahu, ni de ninguno de los demás. Era culpa de la atracción gravitatoria del poder.

			Si realmente queremos la verdad, es necesario escapar del agujero negro del poder y permitirnos la pérdida de mucho tiempo vagando por aquí y por allá en la periferia. El saber revolucionario rara vez llega hasta el centro, porque el centro está construido sobre un conocimiento ya existente. Los guardianes del antiguo orden suelen determinar quién consigue alcanzar los centros del poder y tienden a filtrar a los portadores de ideas no convencionales y perturbadoras. Desde luego, también filtran gran cantidad de basura. No ser invitado al Fórum Económico Mundial de Davos no es garantía de sabiduría. Por ello debemos invertir tanto tiempo en la periferia: quizá los guardianes del antiguo orden tengan algunas ideas brillantes y revolucionarias, pero sobre todo están llenos de conjeturas infundadas, modelos desacreditados, dogmas supersticiosos y ridículas teorías conspiratorias.

			Así, los dirigentes se hallan atrapados por partida doble. Si permanecen en el centro del poder, su visión del mundo estará muy distorsionada. Si se aventuran hacia los márgenes, gastarán mucho de su preciado tiempo. Y el problema no hará más que empeorar. En las décadas venideras, el mundo se volverá más complejo aún de lo que es hoy en día. En consecuencia, los humanos (ya sean peones o reyes) sabrán menos todavía de los artilugios tecnológicos, de las corrientes económicas y de las dinámicas políticas que modelan el mundo. Como observó Sócrates hace más de dos mil años, lo mejor que podemos hacer en tales condiciones es reconocer nuestra propia ignorancia individual.

			Pero ¿qué ocurre entonces con la moral y la justicia? Si no podemos entender el mundo, ¿cómo confiar en distinguir entre lo que está bien y lo que está mal, entre la justicia y la injusticia?


		

	
		
			6

 			 

            Civilización

			 

			Solo existe una civilización en el mundo

			 

			 

			Mientras Mark Zuckerberg sueña con unir a la humanidad en línea, acontecimientos recientes en el mundo fuera de línea parecen insuflar nueva vida a la tesis del «choque de civilizaciones». Muchos expertos, políticos y ciudadanos corrientes creen que la guerra civil en Siria, el auge de Estado Islámico, el caos del Brexit y la inestabilidad de la Unión Europea son resultado de un enfrentamiento entre la «civilización occidental» y la «civilización islámica». Los intentos occidentales de imponer la democracia y los derechos humanos en las naciones musulmanas han provocado una violenta respuesta islámica, y una oleada de inmigración musulmana junto a ataques terroristas islamistas han hecho que los votantes europeos abandonen los sueños multiculturales en favor de identidades culturales xenófobas.

			Según esta tesis, la humanidad ha estado dividida siempre en varias civilizaciones cuyos miembros entienden el mundo de maneras irreconciliables. Estas visiones incompatibles hacen que los conflictos entre civilizaciones sean inevitables. De la misma manera que en la naturaleza las diferentes especies luchan por la supervivencia según las leyes implacables de la selección natural, a lo largo de la historia las civilizaciones se han enfrentado repetidas veces y solo las más adaptadas han sobrevivido para contarlo. Los que pasan por alto este desagradable hecho, ya se trate de políticos liberales o de ingenieros que están en las nubes, lo hacen asumiendo su propio riesgo.[1]

			La tesis del «choque de civilizaciones» tiene implicaciones políticas trascendentales. Sus defensores sostienen que cualquier intento de reconciliar «Occidente» con el «mundo musulmán» está destinado al fracaso. Los países musulmanes jamás adoptarán los valores occidentales y los países occidentales nunca podrán absorber con éxito a las minorías musulmanas. En consecuencia, Estados Unidos no debe admitir a inmigrantes de Siria o Irak, y la Unión Europea debe renunciar a su falacia multicultural en favor de una identidad occidental inmutable. A la larga, solo una civilización puede sobrevivir a las pruebas implacables de la selección natural, y si los burócratas de Bruselas rehúsan salvar a Occidente del peligro islámico, entonces será mejor que Gran Bretaña, Dinamarca o Francia vayan por su cuenta.

			Aunque está muy generalizada, esta tesis es engañosa. Sin duda, el fundamentalismo islámico puede suponer un reto radical, pero la «civilización» a la que desafía es una civilización global y no un fenómeno únicamente occidental. No es casualidad que Estado Islámico consiguiera unir en su contra a Irán y a Estados Unidos. E incluso los fundamentalistas islámicos, con todas sus fantasías medievales, se basan mucho más en la cultura contemporánea global que en la Arabia del siglo VII. Se nutren de los miedos y las esperanzas de la juventud moderna y alienada más que de los de campesinos y mercaderes medievales. Como han planteado de manera convincente Pankaj Mishra y Christopher de Bellaigue, los islamistas radicales han estado influidos tanto por Marx y Foucault como por Mahoma, y heredan tanto el legado de los anarquistas europeos del siglo XIX como el de los califas omeyas y abasíes.[2] Por tanto, es mucho más exacto considerar que Estado Islámico es un brote descarriado de la cultura global que todos compartimos y no una rama de algún misterioso árbol foráneo.

			Más importante todavía es que la analogía entre la historia y la biología que respalda la tesis del «choque de civilizaciones» es falsa. Los grupos humanos, desde las tribus pequeñas a las civilizaciones enormes, son fundamentalmente diferentes de las especies animales, y los conflictos históricos difieren muchísimo de los procesos de selección natural. Las especies animales poseen identidades objetivas que se mantienen durante miles y miles de generaciones. El que uno sea un chimpancé o un gorila depende de sus genes, no de sus creencias, y genes diferentes dictan comportamientos sociales distintos. Los chimpancés viven en grupos mixtos de machos y hembras. Compiten por el poder forjando coaliciones de adeptos de ambos sexos. Entre los gorilas, en cambio, un único macho dominante establece un harén de hembras, y por lo general expulsa a cualquier macho adulto que pueda poner en peligro su posición. Los chimpancés no son capaces de adoptar disposiciones sociales del tipo de la de los gorilas; los gorilas no son capaces de empezar a organizarse como los chimpancés, y, por lo que sabemos, justo los mismos sistemas sociales han caracterizado a chimpancés y a gorilas no solo en décadas recientes, sino a lo largo de cientos de miles de años.

			No encontramos nada parecido entre los humanos. Sí, los grupos humanos pueden tener sistemas sociales distintos, pero no están determinados por la genética, y rara vez duran más de unos pocos siglos. Piénsese en los alemanes del siglo XX, por ejemplo. En menos de cien años, los alemanes se organizaron en seis sistemas muy diferentes: el Imperio Hohenzollern, la República de Weimar, el Tercer Reich, la República Democrática Alemana (es decir, la Alemania Oriental, comunista), la República Federal de Alemania (es decir, la Alemania Occidental) y por último la Alemania reunida y democrática. Desde luego, los alemanes conservan su idioma y su amor por la cerveza y el bratwurst. Pero ¿existe alguna esencia alemana única que los distinga de las demás naciones y que haya permanecido inalterable desde Guillermo II hasta Angela Merkel? Y si el lector encuentra alguna, ¿estaba también ahí hace mil o cinco mil años?

			El Preámbulo de la Constitución Europea (no ratificado) empieza declarando que se inspira en «la herencia cultural, religiosa y humanista de Europa, a partir de la cual se han desarrollado los valores universales de los derechos inviolables e inalienables de la persona humana, la democracia, la igualdad, la libertad y el Estado de Derecho».[3] Así, fácilmente podría dar la impresión de que la civilización europea se define por los valores de los derechos humanos, la democracia, la igualdad y la libertad. Innumerables discursos y documentos trazan una línea directa que va de la antigua democracia ateniense a la Unión Europea actual, celebrando de ese modo 2.500 años de libertad y democracia europeas. Esto recuerda al proverbial ciego que palpa la cola de un elefante y llega a la conclusión de que un elefante es una especie de brocha. Sí, las ideas democráticas han formado parte de la cultura europea durante siglos, pero nunca en su totalidad. A pesar de su prestigio e influencia, la democracia ateniense fue un experimento tímido que sobrevivió apenas doscientos años en un pequeño rincón de los Balcanes. Si la civilización europea en los últimos veinticinco siglos ha estado definida por la democracia y los derechos humanos, ¿qué decir entonces de Esparta y Julio César, de los cruzados y los conquistadores, de la Inquisición y del tráfico de esclavos, de Luis XIV y de Napoleón, de Hitler y Stalin? ¿Fueron todos ellos intrusos procedentes de alguna civilización extranjera?

			Lo cierto es que la civilización europea es cuanto los europeos quieran que sea, del mismo modo que el cristianismo es cuanto los cristianos quieren que sea, el islamismo cuanto los musulmanes quieren que sea y el judaísmo cuanto los judíos quieren que sea. Y han querido que fueran cosas notablemente diferentes a lo largo de los siglos. Los grupos humanos se definen más por los cambios que experimentan que por ninguna continuidad, pero no obstante consiguen crearse identidades antiguas gracias a sus habilidades narrativas. No importa qué revoluciones vivan, por lo general pueden entretejer lo antiguo y lo nuevo en un único relato.

			Incluso un individuo puede fusionar cambios personales revolucionarios en una historia vital coherente e intensa: «Soy una persona que antaño fue socialista, pero que después me hice capitalista; nací en Francia, y ahora vivo en Estados Unidos; estuve casado, y luego me divorcié; tuve un cáncer, y después me curé». De forma parecida, un grupo humano como los alemanes puede llegar a definirse por los mismos cambios que experimentó: «Antaño fuimos nazis, pero hemos aprendido la lección, y ahora somos pacíficos demócratas». No tenemos que buscar una única esencia alemana que se manifestara primero en Guillermo II, después en Hitler y finalmente en Merkel. Estas transformaciones radicales son justo lo que define la identidad alemana. Ser alemán en 2018 significa habérselas con la difícil herencia del nazismo al tiempo que se defienden valores liberales y democráticos. ¿Quién sabe lo que esto significará en 2050?

			La gente suele negarse a reconocer estos cambios, sobre todo cuando se trata de valores políticos y religiosos fundamentales. Insistimos en que nuestros valores son una herencia preciosa de antiguos antepasados. Pero eso solo podemos decirlo porque nuestros antepasados hace mucho que murieron y no pueden hablar por sí mismos. Piénsese, por ejemplo, en las actitudes de los judíos hacia las mujeres. En la actualidad, los judíos ultraortodoxos prohíben las imágenes de mujeres en la esfera pública. Las vallas publicitarias y los anuncios dirigidos a los judíos ultraortodoxos suelen presentar solo hombres y chicos, nunca mujeres ni chicas.[4]

			En 2011 se desató un escándalo cuando el diario ultraortodoxo de Brooklyn Di Tzeitung publicó una foto de unos funcionarios norteamericanos que contemplaban la incursión en el recinto de Osama bin Laden, de la que se había borrado digitalmente a todas las mujeres, incluida la secretaria de Estado, Hillary Clinton. El diario explicaba que se había visto obligado a hacerlo debido a las «leyes del recato» judías. Estalló un escándalo similar cuando el diario HaMevaser eliminó a Angela Merkel de una fotografía correspondiente a una manifestación en contra de la masacre de Charlie Hebdo, no fuera que su imagen provocara pensamientos lujuriosos en las mentes de los devotos lectores. El editor de un tercer diario ultraortodoxo, Hamodia, defendía esta política al explicar que «nos respaldan miles de años de tradición judía».[5]

			En ningún lugar es más estricta la prohibición de ver a mujeres que en la sinagoga. En las sinagogas ortodoxas se las segrega minuciosamente de los hombres y son confinadas a una zona restringida donde están ocultas tras una cortina, de modo que ningún hombre pueda ver por casualidad la forma de una mujer mientras reza sus plegarias o lee las escrituras. Pero si todo esto lo respaldan miles de años de tradición judía y de leyes divinas inmutables, ¿cómo explicar que cuando los arqueólogos excavaron sinagogas antiguas en Israel, que databan de la época de la Mishná y el Talmud, no encontraran señal alguna de segregación por género, y en cambio descubrieran suelos con bellos mosaicos y pinturas en las paredes que representaban a mujeres, algunas de ellas bastante ligeras de ropa? Los rabinos que escribieron la Mishná y el Talmud solían rezar y estudiar en aquellas sinagogas, pero los judíos ortodoxos actuales lo considerarían una blasfema profanación de las antiguas tradiciones.[6]

			Distorsiones similares de las tradiciones antiguas caracterizan todas las religiones. Estado Islámico se jacta de haber vuelto a la versión pura y original del islamismo, pero lo cierto es que su interpretación del islam es nueva. Sí, citan muchos textos venerables, pero eligen con sumo criterio qué textos citar y cuáles no, y cómo interpretarlos. En realidad, su actitud de «yo me lo guiso» a la hora de interpretar los textos sagrados es en sí misma muy moderna. Tradicionalmente, la interpretación era una prerrogativa de los doctos ulemas, eruditos que estudiaban la ley y la teología musulmanas en instituciones respetadas, como la escuela de Al-Azhar de El Cairo. Pocos dirigentes de Estado Islámico poseen tales credenciales, y los ulemas más respetados han despreciado a Abu Bakr al-Baghdadi y a los de su clase por criminales ignorantes.[7]

			Eso no significa que Estado Islámico haya sido «no islámico» o «antiislámico», como algunos dicen. Resulta bastante irónico que líderes cristianos como Barack Obama tengan la temeridad de decir a los que se proclaman musulmanes, como Abu Bakr al-Baghdadi, qué significa ser musulmán.[8] La acalorada discusión acerca de la verdadera esencia del islam es, simplemente, inútil. El islam no tiene un ADN fijo. El islam es lo que los musulmanes quieren que sea.[9]

			 

			 

			ALEMANES Y GORILAS

			 

			Una diferencia todavía más fundamental distingue a los grupos humanos de las especies animales. Las especies a menudo se dividen, pero nunca se fusionan. Hace unos siete millones de años, chimpancés y gorilas tenían antepasados comunes. Esta única especie ancestral se dividió en dos poblaciones que al final siguieron caminos evolutivos separados. Una vez que ocurrió esto, no había manera de volver atrás. Puesto que los individuos pertenecientes a especies diferentes no pueden tener descendientes fértiles, las especies nunca pueden fusionarse. Los gorilas no pueden fusionarse con los chimpancés, las jirafas no pueden fusionarse con los elefantes y los perros no pueden fusionarse con los gatos.

			En cambio, las tribus humanas tendieron a unirse con el tiempo en grupos cada vez más grandes. Los alemanes modernos surgieron a partir de la fusión de sajones, prusianos, suabos y bávaros, que hasta no hace mucho se profesaban poco cariño entre sí. Se sabe que Otto von Bismarck dijo (después de haber leído El origen de las especies de Darwin) que el bávaro es el eslabón perdido entre el austríaco y el humano.[10] Los franceses se crearon por la unificación de francos, normandos, bretones, gascones y provenzales. Mientras tanto, al otro lado del Canal, ingleses, escoceses, galeses e irlandeses fueron uniéndose poco a poco (de forma voluntaria o no) para dar lugar a los británicos. En un futuro no muy lejano, alemanes, franceses y británicos podrían todavía unirse para formar europeos.

			Las fusiones no siempre duran, como estos días saben muy bien los habitantes de Londres, Edimburgo y Bruselas. El Brexit podría iniciar la descomposición simultánea tanto del Reino Unido como de la Unión Europea. Pero a la larga, la dirección de la historia es clara. Hace diez mil años la humanidad estaba dividida en incontables tribus aisladas. Con cada milenio que pasaba, estas tribus se fusionaron en grupos cada vez mayores, creando cada vez menos civilizaciones diferentes. En las generaciones recientes, las pocas civilizaciones que perduraban han estado uniéndose en una única civilización global. Las divisiones políticas, étnicas, culturales y económicas resisten, pero no socavan la unidad fundamental. De hecho, algunas divisiones solo son posibles por una estructura común dominante. Por ejemplo, en economía la división del trabajo no puede funcionar a menos que todos compartan un mismo mercado. Un país no puede especializarse en producir automóviles o petróleo a menos que pueda comprar alimentos a otros países que cultivan trigo y arroz.

			El proceso de unificación humana ha adoptado dos formas: establecer vínculos entre grupos distintos y homogenizar prácticas en los distintos grupos. Pueden formarse vínculos incluso entre grupos que continúan comportándose de manera muy diferente. De hecho, se establecen vínculos incluso entre enemigos declarados. La propia guerra puede generar algunos de los vínculos humanos más fuertes. Los historiadores suelen aducir que la globalización alcanzó su primer punto culminante en 1913, después experimentó una larga disminución durante la época de las guerras mundiales y la Guerra Fría, y solo se recuperó a partir de 1989.[11] Esto tal vez sea cierto respecto a la globalización económica, pero pasa por alto la dinámica, diferente aunque igual de importante, de la globalización militar. La guerra difunde ideas, tecnologías y personas mucho más deprisa que el comercio. En 1918, Estados Unidos estaba más estrechamente conectado con Europa que en 1913; ambos fueron separándose en los años de entreguerras, para acabar con sus destinos inextricablemente mezclados por la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría.

			La guerra también hace que las personas se interesen mucho más las unas por las otras. Estados Unidos nunca tuvo un contacto tan estrecho con Rusia como durante la Guerra Fría, cuando cada tos en un pasillo de Moscú hacía que algunas personas corrieran por las escaleras de Washington. La gente se preocupa mucho más por sus enemigos que por sus socios comerciales. Por cada película americana sobre Taiwán, probablemente haya cincuenta sobre Vietnam.

			 

			 

			LAS OLIMPIADAS MEDIEVALES

			 

			El mundo de principios del siglo XXI ha ido mucho más allá de formar vínculos entre grupos diferentes. En todo el globo, las personas no solo están en contacto entre sí, sino que comparten cada vez más creencias y prácticas idénticas. Hace mil años, el planeta Tierra era terreno fértil para docenas de modelos políticos diferentes. En Europa podían encontrarse principados feudales que rivalizaban con ciudades estado independientes y con teocracias minúsculas. El mundo musulmán poseía su califato, que afirmaba tener soberanía universal, pero también contaba con reinos, sultanatos y emiratos. Los imperios chinos creían ser la única entidad política legítima, mientras que al norte y al oeste confederaciones tribales luchaban con júbilo entre sí. La India y el Sudeste Asiático eran un calidoscopio de regímenes, mientras que las organizaciones políticas en América, África y Australasia iban desde minúsculas bandas de cazadores-recolectores a extensos imperios. No es extraño que incluso a grupos humanos vecinos les costara ponerse de acuerdo en procedimientos diplomáticos comunes, por no mencionar en leyes internacionales. Cada sociedad se regía por su propio paradigma político, y encontraba difícil entender y respetar los conceptos políticos ajenos.

			Hoy en día, en cambio, un único paradigma político es aceptado en todas partes. El planeta está dividido en unos 200 estados soberanos, que por lo general están de acuerdo en los mismos protocolos diplomáticos y en leyes internacionales comunes. En nuestros atlas, Suecia, Nigeria, Tailandia y Brasil están marcados con el mismo tipo de formas coloreadas; todos son miembros de las Naciones Unidas, y a pesar de múltiples diferencias, son reconocidos como estados soberanos que gozan de derechos y privilegios similares. De hecho, comparten muchas más ideas y prácticas políticas, que incluyen al menos una creencia testimonial en cuerpos representativos, partidos políticos, sufragio universal y derechos humanos. Hay parlamentos en Teherán, Moscú, Ciudad del Cabo y Nueva Delhi, así como en Londres y París. Cuando israelíes y palestinos, rusos y ucranianos, kurdos y turcos compiten por los favores de la opinión pública global, todos emplean el mismo discurso de derechos humanos, soberanía estatal y ley internacional.

			El mundo puede estar salpicado de varios tipos de «estados fracasados», pero solo conoce un paradigma para un Estado con éxito. Así, la política global sigue el principio de Anna Karénina: todos los estados exitosos son iguales, pero cada Estado fracasado fracasa a su manera, al faltarle tal o cual ingrediente de la oferta política dominante. Recientemente, Estado Islámico destacaba por su rechazo total a esa oferta y por su intento de establecer un tipo de entidad política de todo punto diferente: un califato universal. Pero justo por eso ha fracasado. Numerosas fuerzas guerrilleras y organizaciones terroristas han conseguido establecer nuevos países o conquistar países ya existentes. Pero siempre lo han hecho aceptando los principios fundamentales del orden político global. Incluso los talibanes buscaron el reconocimiento internacional como el gobierno legítimo del país soberano de Afganistán. Ningún grupo que niegue los principios de la política global ha conseguido hasta ahora ejercer un control duradero de ningún territorio importante.

			Quizá pueda apreciarse mejor la fuerza del paradigma político global si no analizamos duras cuestiones políticas de guerra y diplomacia, sino algo como los Juegos Olímpicos de 2016 en Río de Janeiro. Dediquemos un momento a reflexionar sobre la manera como se organizaron las Olimpiadas. Los 11.000 atletas se agruparon en delegaciones por su nacionalidad y no por su religión, clase o idioma. No había una delegación budista, una delegación proletaria, una delegación anglófona. Excepto en unos pocos casos (en particular, en los de Taiwán y Palestina), determinar la nacionalidad de los atletas fue sencillo.

			En la ceremonia inaugural, el 5 de agosto de 2016, los atletas desfilaron en grupos, y cada grupo hacía ondear su bandera nacional. Cada vez que Michael Phelps ganaba otra medalla de oro, la bandera de las barras y estrellas se alzaba al son del «Star-Spangled Banner». Cuando Émilie Andéol consiguió la medalla de oro en judo, se alzó la bandera tricolor francesa y se interpretó «La Marsellesa».

			Oportunamente, cada país del mundo tiene un himno que se ajusta al mismo modelo universal. Casi todos los himnos son fragmentos orquestales de unos pocos minutos de duración, en lugar de un cántico de veinte que solo puede ser ejecutado por una casta especial de sacerdotes ancestrales. Incluso países como Arabia Saudí, Pakistán y el Congo han adoptado para sus himnos convenciones musicales occidentales. La mayoría suenan como algo que hubiera compuesto Beethoven. (Se puede pasar una tarde con los amigos reproduciendo los distintos himnos que hay en YouTube e intentando adivinar cuál es cuál.) Incluso la letra es casi la misma en todo el mundo, lo que indica concepciones comunes de la política y la lealtad de grupo. Por ejemplo, ¿a qué nación piensa el lector que pertenece el siguiente himno? (solo he cambiado el nombre del país por el genérico «mi país»):

			 

			Mi país, mi patria,

			la tierra en la que he vertido mi sangre,

			aquí es donde estoy de pie,

			para ser el guardián de mi tierra natal.

			Mi país, mi nación,

			mi gente y mi patria,

			proclamemos:

			«¡Mi país, unámonos!».

			Larga vida a mi país, larga vida a mi Estado,

			mi nación, mi patria, en su totalidad.

			Construye su alma, despierta su cuerpo,

			¡por mi gran país! 

			Mi gran país, independiente y libre

			mi hogar y mi país, a los que quiero.

			Mi gran país, independiente y libre,

			¡larga vida a mi gran país!

			 

			La respuesta es Indonesia. Pero ¿se habría sorprendido el lector si le hubiera dicho que la respuesta era en realidad Polonia, Nigeria o Brasil?

			Las banderas nacionales exhiben la misma monótona conformidad. Con una única excepción, todas las banderas son piezas de tela rectangulares que se caracterizan por un repertorio muy limitado de colores, bandas y formas geométricas. Nepal es el país anómalo, pues su bandera está compuesta por dos triángulos. (Pero nunca ha ganado una medalla olímpica.) La bandera indonesia consiste en una banda roja sobre una blanca. La polaca muestra una banda blanca sobre una roja. La bandera de Mónaco es idéntica a la de Indonesia. A una persona daltónica le costaría señalar la diferencia entre las banderas de Bélgica, El Chad, Costa de Marfil, Francia, Guinea, Irlanda, Italia, Mali y Rumanía: todas tienen tres bandas verticales de diversos colores.

			Algunos de estos países han estado enzarzados unos contra otros en guerras implacables, pero durante el tumultuoso siglo XX solo se cancelaron tres olimpiadas debido a la guerra (en 19160 y 1944). En 1980, Estados Unidos y algunos de sus aliados boicotearon las Olimpiadas de Moscú, en 1984 el bloque soviético boicoteó las de Los Ángeles, y en otras varias ocasiones los Juegos Olímpicos se encontraron en el centro de una tormenta política (en especial en 1936, cuando el Berlín nazi fue el anfitrión de las Olimpiadas, y en 1972, cuando terroristas palestinos masacraron a la delegación israelí en las de Múnich). Pero, en su conjunto, las controversias políticas no han desbaratado el proyecto olímpico. 

			Remontémonos ahora mil años. Suponga el lector que quiere celebrar los Juegos Olímpicos Medievales en Río en 1016. Olvide por un momento que Río era entonces una pequeña aldea de indios tupí,[12] y que asiáticos, africanos y europeos ni siquiera eran conscientes de la existencia de América. Olvide los problemas logísticos de hacer llegar a los principales atletas del mundo a Río sin contar con aviones. Olvide también que pocos deportes eran compartidos en todo el mundo, e incluso que, aunque todos los humanos pueden correr, no todos podrían ponerse de acuerdo en las mismas reglas para una competición de carrera. Pregúntese simplemente el lector cómo agrupar a las delegaciones que competirían. En la actualidad, el Comité Olímpico Internacional invierte muchísimas horas discutiendo la cuestión de Taiwán y la de Palestina. Multiplique esto por 10.000 para estimar el número de horas que tendría que invertir en la política de la Olimpiada Medieval.

			Para empezar, en 1016 el Imperio chino Song no reconocía a ninguna entidad política en la Tierra como su igual. Por tanto, sería una humillación inconcebible conceder a su delegación olímpica la misma categoría que se diera a las delegaciones del reino Koryo de Corea o al reino vietnamita de Dai Co Viet, por no mencionar las delegaciones de los primitivos bárbaros de allende los mares.

			El califa de Bagdad afirmaba asimismo su hegemonía universal, y la mayoría de los musulmanes suníes lo reconocían como su jefe supremo. Sin embargo, en términos prácticos el califa apenas gobernaba la ciudad de Bagdad. Así, ¿querrían formar parte todos los atletas suníes de una única delegación del califato, o querrían separarse en las docenas de delegaciones de los numerosos emiratos y sultanatos del mundo suní? Pero ¿por qué quedarse en los emiratos y sultanatos? El desierto Arábigo estaba lleno de tribus de beduinos libres, que no reconocían a ningún jefe supremo salvo a Alá. ¿Tendría derecho cada una de ellas a enviar una delegación independiente para competir en tiro con arco o carreras de camellos? Europa daría al lector un número parecido de quebraderos de cabeza. Un atleta de la aldea normanda de Ivry, ¿competiría bajo el estandarte del conde de Ivry local, de su señor el duque de Normandía o quizá del débil rey de Francia?

			Muchas de estas entidades políticas aparecieron y desaparecieron en cuestión de años. Cuando el lector estuviera preparándose para los Juegos Olímpicos de 1016, no podría saber de antemano qué delegaciones acudirían, porque nadie estaría seguro de qué entidades políticas seguirían existiendo al año siguiente. Si el reino de Inglaterra hubiera enviado una delegación a la Olimpiada de 1016, cuando los atletas hubieran retornado al hogar con sus medallas habrían descubierto que los daneses acababan de tomar Londres y que Inglaterra estaba siendo absorbida en el Imperio del mar del Norte del rey Canuto el Grande, junto con Dinamarca, Noruega y partes de Suecia. En cuestión de otras dos décadas aquel imperio se desintegró, pero treinta años más tarde Inglaterra fue conquistada de nuevo, por el duque de Normandía.

			Ni que decir tiene que la inmensa mayoría de estas entidades políticas efímeras no disponían de himno que interpretar ni de bandera que enarbolar. Los símbolos políticos eran de suma importancia, desde luego, pero el lenguaje simbólico de la política europea era muy distinto de los lenguajes simbólicos de las políticas indonesia, china o tupí. Ponerse de acuerdo en un protocolo común para señalar la victoria habría sido casi imposible.

			Así, cuando el lector vea los Juegos Olímpicos de Tokio en 2020, recuerde que la aparente competición entre naciones supone en realidad un asombroso acuerdo global. Aun con todo el orgullo nacional que la gente siente cuando su delegación gana una medalla de oro y se iza su bandera, hay muchísima más razón para sentir orgullo porque la humanidad sea capaz de organizar un acontecimiento de este tipo.

			 

			 

			UN DÓLAR PARA GOBERNARLOS A TODOS

			 

			En la época premoderna, los humanos probaron no solo diversos sistemas políticos, sino también una variedad abrumadora de modelos económicos. Los boyardos rusos, los marajás hindúes, los mandarines chinos y los jefes tribales amerindios tenían ideas muy diferentes acerca del dinero, el comercio, los impuestos y el empleo. En la actualidad, en cambio, casi todo el mundo cree, con variaciones un poco distintas, en el mismo tema capitalista, y todos somos piezas de una única línea de producción global. Ya vivamos en el Congo o en Mongolia, en Nueva Zelanda o en Bolivia, nuestras rutinas cotidianas y nuestras riquezas económicas dependen de las mismas teorías económicas, las mismas compañías y bancos y los mismos flujos de capital. Si los ministros de Finanzas de Israel e Irán tuvieran que encontrarse para almorzar, compartirían un lenguaje económico y podrían fácilmente comprender las tribulaciones de cada uno y empatizar con ellas.

			Cuando Estado Islámico conquistó gran parte de Siria e Irak, asesinó a decenas de miles de personas, demolió yacimientos arqueológicos, derribó estatuas y destruyó de manera sistemática los símbolos de los regímenes previos y de la influencia cultural occidental.[13] Pero cuando los combatientes de Estado Islámico entraron en los bancos locales y encontraron allí montones de dólares estadounidenses con las caras de presidentes estadounidenses y con lemas en inglés que ensalzaban los ideales políticos y religiosos americanos, no quemaron estos símbolos del imperialismo estadounidense. Porque los billetes de dólar son venerados universalmente a través de las separaciones políticas y religiosas. Aunque no tiene un valor intrínseco (no podemos comernos ni bebernos un billete), la confianza en el dólar y en la sensatez de la Reserva Federal es tan sólida que incluso la comparten los fundamentalistas islámicos, los señores de la droga mexicanos y los tiranos norcoreanos.

			Pero la homogeneidad de la humanidad contemporánea es más aparente si consideramos nuestra visión del mundo natural y del cuerpo humano. Si uno enfermaba hace mil años, era muy importante dónde vivía. En Europa, el sacerdote del lugar le diría probablemente que había hecho enfadar a Dios y que para recuperar la salud tenía que dar algo a la iglesia, realizar una peregrinación a un lugar sagrado y rezar fervientemente por el perdón divino. O la bruja de la aldea le explicaría que lo había poseído un demonio al que podía expulsar mediante canciones, bailes y la sangre de un gallo joven negro.

			En Oriente Próximo, los médicos formados en las tradiciones clásicas podrían decirle al enfermo que sus humores corporales estaban desequilibrados y que tenía que armonizarlos con una dieta adecuada y lociones malolientes. En la India, los expertos ayurvédicos ofrecerían sus propias teorías en relación con el equilibrio entre los tres elementos corporales conocidos como doshas, y recomendarían un tratamiento de hierbas, masajes y posturas de yoga. Los médicos chinos, los chamanes siberianos, los brujos africanos, los curanderos amerindios, cada imperio, reino y tribu contaban con sus propias tradiciones y expertos, cada uno de los cuales tenía ideas distintas del cuerpo humano y la naturaleza de la enfermedad, y cada uno de los cuales ofrecía su propio cuerno de la abundancia de rituales, brebajes y curas. Algunos de estos funcionaban increíblemente bien, mientras que otros casi suponían una sentencia de muerte. Lo único que unía las prácticas médicas europeas, chinas, africanas y americanas era que al menos un tercio de los niños morían antes de alcanzar la edad adulta y que la esperanza de vida media se hallaba muy por debajo de los cincuenta años.[14]

			Hoy en día, si nos ponemos enfermos es mucho menos importante dónde vivamos. En Toronto, Tokio, Teherán o Tel Aviv se nos trasladará a hospitales de aspecto similar, donde encontraremos a médicos con bata blanca que aprendieron las mismas teorías científicas en las mismas facultades de Medicina. Seguirán idénticos protocolos y usarán idénticas pruebas para emitir diagnósticos muy similares. Después dispensarán las mismas medicinas producidas por las mismas empresas farmacéuticas internacionales. Sigue habiendo algunas diferencias culturales menores, pero los médicos canadienses, japoneses, iraníes e israelíes tienen opiniones muy parecidas del cuerpo humano y las enfermedades. Después de que Estado Islámico tomara Al Raqa y Mosul, no derribó los hospitales locales; en cambio, emitió un llamamiento a médicos y a enfermeras musulmanes de todo el mundo para que de forma voluntaria prestaran sus servicios allí.[15] Se supone que incluso los médicos y las enfermeras islamistas creen que el cuerpo está constituido por células, que las enfermedades las causan agentes patógenos y que los antibióticos matan las bacterias.

			¿Y qué constituye estas células y bacterias? Y, de hecho, ¿qué constituye el mundo entero? Hace mil años, cada cultura tenía su propio relato del universo y de los ingredientes fundamentales del caldo cósmico. En la actualidad, las personas cultas de todo el mundo creen exactamente las mismas cosas sobre la materia, la energía, el tiempo y el espacio. Pongamos el ejemplo de los programas nucleares de Irán y Corea del Norte. Todo el problema reside en que iraníes y norcoreanos tienen exactamente el mismo parecer sobre la física que israelíes y estadounidenses. Si iraníes y norcoreanos creyeran que E = mc4, a Israel y a Estados Unidos les importarían un comino sus programas nucleares.

			La gente tiene todavía diferentes religiones e identidades nacionales. Pero cuando se trata de asuntos prácticos (cómo construir un estado, una economía, un hospital o una bomba), casi todos pertenecemos a la misma civilización. Existen discrepancias, sin duda, pero todas las civilizaciones tienen sus disputas internas. En realidad, tales disputas las definen. Cuando intentan describir su identidad, las personas suelen hacer una lista de la compra con rasgos comunes. Es un error. Les iría mucho mejor si hicieran una lista de conflictos y dilemas comunes. Por ejemplo, en 1618 Europa carecía de una sola identidad religiosa: estaba definida por el conflicto religioso. Ser europeo en 1618 significaba obsesionarse con diferencias doctrinales minúsculas entre católicos y protestantes o entre calvinistas y luteranos, y con estar dispuesto a matar o que te mataran debido a estas diferencias. Si en 1618 a un humano no le preocupaban estos conflictos, dicha persona sería quizá un turco o un hindú, pero sin duda no un europeo.

			De forma similar, en 1940 Gran Bretaña y Alemania tenían valores políticos muy distintos, pero ambas formaban parte integral de la «civilización europea». Hitler no era menos europeo que Churchill. Más bien, la misma lucha entre ambos definió lo que era ser europeo en aquella coyuntura concreta de la historia. En contraste, en 1940 un cazador-recolector !kung no era europeo porque la confrontación europea interna acerca de la raza y el imperio habrían tenido poco sentido para él.

			Las personas con quienes nos peleamos más a menudo son los miembros de nuestra propia familia. La identidad se define más por conflictos y dilemas que por acuerdos. ¿Qué significa ser europeo en 2018? No significa tener la piel blanca, creer en Jesucristo o defender la libertad. En cambio, significa debatir apasionadamente acerca de la inmigración, la Unión Europea y los límites del capitalismo, y también preguntarnos de manera obsesiva: «¿Qué define mi identidad?», así como preocuparnos por la población envejecida, el consumismo desbocado y el calentamiento global. En sus conflictos y dilemas, los europeos del siglo XXI son diferentes de sus antepasados de 1618 y 1940, pero son cada vez más parecidos a sus socios comerciales chinos e indios.

			Cualesquiera que sean los cambios que nos aguardan en el futuro, es probable que impliquen una lucha fraterna en el seno de una única civilización en lugar de una confrontación entre civilizaciones extrañas. Los grandes desafíos del siglo XXI serán de naturaleza global. ¿Qué ocurrirá cuando el cambio climático desencadene catástrofes ecológicas? ¿Qué ocurrirá cuando los ordenadores superen a los humanos cada vez en más tareas y los sustituyan en un número creciente de empleos? ¿Qué ocurrirá cuando la biotecnología nos permita mejorar a los humanos y alargar la duración de la vida? Sin duda, tendremos grandes debates y amargos conflictos sobre estas cuestiones. Pero es improbable que dichos debates y conflictos nos aíslen a unos de otros. Justo lo contrario. Nos harán todavía más interdependientes. Aunque la humanidad está muy lejos de constituir una comunidad armoniosa, todos somos miembros de una única y revoltosa civilización global.

			¿Cómo explicar, pues, la oleada nacionalista que se extiende por gran parte del mundo? Quizá en nuestro entusiasmo por la globalización hayamos despachado con demasiada celeridad a las buenas y antiguas naciones. El retorno al nacionalismo tradicional, ¿podría ser la solución para nuestras desesperadas crisis globales? Si la globalización conlleva tantos problemas, ¿por qué no abandonarla, simplemente?


		

	
 

 

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			Introducción

			 

			 

			 

			 

			En un mundo inundado de información irrelevante, la claridad es poder. En teoría, cualquiera puede intervenir en el debate acerca del futuro de la humanidad, pero es muy difícil mantener una visión clara. Con frecuencia, ni siquiera nos damos cuenta de que se produce un debate, o de cuáles son las cuestiones clave. Somos miles de millones las personas que apenas podemos permitirnos el lujo de indagar en estos asuntos, porque tenemos cosas más acuciantes que hacer: ir a trabajar, cuidar de los niños u ocuparnos de unos padres ya ancianos. Lamentablemente, la historia no hace concesiones. Si el futuro de la humanidad se decide en nuestra ausencia, porque estamos demasiado ocupados dando de comer y vistiendo a nuestros hijos, ni ellos ni nosotros nos libraremos de las consecuencias. Esto es muy injusto, pero ¿quién dijo que la historia es justa?

			Como historiador, no puedo proporcionar a la gente comida ni ropa, pero sí intentar ofrecer cierta claridad, y de este modo contribuir a nivelar el terreno de juego global. Si esto empodera aunque solo sea a un puñado de personas para que se incorporen al debate sobre el futuro de nuestra especie, habré hecho mi trabajo.

			Mi primer libro, Sapiens, revisaba el pasado humano y analizaba cómo un simio insignificante acabó rigiendo el planeta Tierra.

			Homo Deus, mi segundo libro, exploraba el futuro de la vida a largo plazo, contemplaba cómo los humanos podrían terminar convirtiéndose en dioses, y cuál podría ser el destino último de la inteligencia y la conciencia.

			En este libro quiero centrarme en el aquí y el ahora. Para ello voy a abordar los asuntos actuales y el futuro inmediato de las sociedades humanas. ¿Qué está ocurriendo ahora mismo? ¿Cuáles son los mayores retos y opciones de hoy en día? ¿A qué debemos prestar atención? ¿Qué tenemos que enseñar a nuestros hijos?

			Desde luego, 7.000 millones de personas tienen 7.000 millones de prioridades, y, como ya hemos dicho, pensar en el panorama global es un lujo relativamente escaso. Una madre soltera que intenta criar a dos niños en un suburbio de Bombay se centra en la siguiente comida; los refugiados que se encuentran en una barca en medio del Mediterráneo otean el horizonte en busca de algún indicio de tierra, y un hombre moribundo que yace en un hospital atestado de Londres reúne las fuerzas que le quedan para respirar una vez más. Todos ellos tienen problemas mucho más acuciantes que el calentamiento global o la crisis de la democracia liberal. No hay libro que pueda hacer justicia a todo ello, y no tengo lecciones que enseñar a personas que se hallen en tales situaciones. Solo puedo esperar aprender de ellas.

			En esta obra mi plan es global. Observo las principales fuerzas que modelan las sociedades en el mundo, y que es probable que influyan en el futuro de nuestro planeta como un todo. El cambio climático quizá esté muy lejos de las preocupaciones de la gente que se encuentra en una emergencia de vida o muerte, pero puede que al final haga que los suburbios de Bombay sean inhabitables, que envíe nuevas y enormes oleadas de refugiados a través del Mediterráneo, y que conduzca a una crisis mundial de la atención sanitaria.

			La realidad está compuesta de muchas hebras, y este libro intenta abarcar distintos aspectos de nuestro dilema global, sin pretender ser exhaustivo. A diferencia de Sapiens y Homo Deus, esta obra no está pensada como una narrativa histórica, sino como una selección de lecciones. Dichas lecciones no concluyen con respuestas simples. Su objetivo es fomentar más reflexión y ayudar a los lectores a participar en algunos de los principales debates de nuestra época.

			En realidad, estas páginas se escribieron en conversación con el público. Muchos de los capítulos se compusieron en respuesta a preguntas que me formularon lectores, periodistas y colegas. Versiones previas de algunas partes se publicaron ya en formas diferentes, lo que me dio la oportunidad de recibir comentarios y pulir mis argumentos. Algunas secciones se centran en la tecnología, otras en la política, otras en la religión y otras en el arte. Determinados capítulos celebran la sabiduría humana, otros destacan el papel central de la estupidez humana. Pero la cuestión general sigue siendo la misma: ¿qué está ocurriendo hoy en el mundo y cuál es el significado profundo de los acontecimientos?

			¿Qué implica el ascenso de Donald Trump? ¿Qué podemos hacer con la epidemia de noticias falsas? ¿Por qué está en crisis la democracia liberal? ¿Ha vuelto Dios? ¿Se aproxima una nueva guerra mundial? ¿Qué civilización domina el mundo: Occidente, China, el islam? ¿Tendría Europa que abrir sus puertas a los inmigrantes? ¿Puede el nacionalismo resolver los problemas de la desigualdad y del cambio climático? ¿Qué debemos hacer con respecto al terrorismo?

			Aunque este libro adopta una perspectiva global, en él no descuido el plano personal. Por el contrario, quiero destacar las conexiones existentes entre las grandes revoluciones de nuestra era y la vida interior de los individuos. Por ejemplo, el terrorismo es a la vez un problema político global y un mecanismo psicológico interno. El terrorismo opera pulsando a fondo el botón del miedo en nuestra mente y secuestrando la imaginación individual de millones de personas. De forma similar, la crisis de la democracia liberal se desarrolla no solo en los parlamentos y los colegios electorales, sino también en las neuronas y las sinapsis. Es un tópico señalar que lo personal es lo político. Pero en una era en la que científicos, compañías y gobiernos aprenden a acceder ilegalmente al cerebro humano, este estereotipo resulta más siniestro que nunca. En consecuencia, el libro ofrece observaciones acerca de la conducta de los individuos, así como de las sociedades enteras.

			Un mundo global ejerce una presión sin precedentes sobre nuestra conducta personal y nuestros valores. Cada uno de nosotros está atrapado por numerosas telarañas que lo abarcan todo, que por un lado restringen nuestros movimientos pero que al mismo tiempo transmiten nuestras más minúsculas sacudidas a destinos muy alejados. Nuestra rutina cotidiana influye en la vida de personas y animales que se hallan a medio mundo de distancia, y algunos gestos personales pueden incendiar el mundo entero, como ocurrió con la autoinmolación de Mohamed Bouazizi en Túnez, que desató la Primavera Árabe, y con las mujeres que compartieron sus experiencias de acoso sexual y desencadenaron el movimiento #MeToo.

			Esta dimensión global de nuestra vida personal significa que es más importante que nunca poner al descubierto nuestros prejuicios religiosos y políticos, nuestros privilegios raciales y de género, y nuestra complicidad involuntaria con la opresión institucional. Pero ¿es esta una empresa realista? ¿Cómo puedo encontrar un terreno ético firme en un mundo que se extiende mucho más allá de mis horizontes, que gira completamente fuera del control humano y que considera sospechosos a todos los dioses y todas las ideologías?

			 

			 

			El libro empieza con la revisión de la problemática política y tecnológica actual. Al finalizar el siglo XX parecía que las grandes batallas ideológicas entre el fascismo, el comunismo y el liberalismo daban como resultado la victoria abrumadora del liberalismo. La política democrática, los derechos humanos y el capitalismo de libre mercado parecían destinados a conquistar el mundo. Pero, como es habitual, la historia dio un giro inesperado, y ahora, tras el hundimiento del fascismo y el comunismo, el liberalismo se halla en apuros. Así pues, ¿hacia dónde nos dirigimos?

			Esta pregunta resulta particularmente turbadora, porque el liberalismo está perdiendo credibilidad justo cuando las revoluciones paralelas en la tecnología de la información y en la biotecnología nos enfrentan a los mayores retos que nuestra especie ha encontrado nunca. La fusión de la infotecnología y la biotecnología puede hacer que muy pronto miles de millones de humanos queden fuera del mercado de trabajo y socavar tanto la libertad como la igualdad. Los algoritmos de macrodatos pueden crear dictaduras digitales en las que todo el poder esté concentrado en las manos de una élite minúscula al tiempo que la mayor parte de la gente padezca no ya explotación, sino algo muchísimo peor: irrelevancia.

			Comenté extensamente la fusión de la infotecnología y la biotecnología en mi libro anterior, Homo Deus. Pero mientras que aquel libro se centraba en las expectativas a largo plazo y adoptaba la perspectiva de siglos e incluso de milenios, este se concentra en las crisis social, económica y política más inmediatas. Aquí mi interés no estriba tanto en la creación eventual de vida inorgánica como en la amenaza al estado del bienestar y a instituciones concretas, como la Unión Europea.

			El libro no pretende abarcar todos los impactos de las nuevas tecnologías. En particular, aunque la tecnología encierra muchas promesas maravillosas, aquí mi intención es destacar principalmente las amenazas y los peligros. Puesto que las empresas y los emprendedores que encabezan la revolución tecnológica tienden naturalmente a cantar las alabanzas de sus creaciones, les toca a sociólogos, filósofos e historiadores como yo hacer saltar la alarma y explicar todas las maneras en que las cosas pueden ir terriblemente mal.

			Después de esbozar los retos a los que nos enfrentamos, en la segunda parte del libro analizamos una amplia gama de respuestas potenciales. ¿Pueden los ingenieros de Facebook utilizar la inteligencia artificial (IA) para crear una comunidad global que salvaguarde la libertad y la igualdad humanas? ¿Quizá la respuesta sea invertir el proceso de globalización y volver a empoderar el estado nación? ¿Quizá tengamos que retroceder todavía más en el tiempo, y extraer esperanza y sabiduría de los manantiales de las antiguas tradiciones religiosas?

			En la tercera parte del libro vemos que, aunque los retos tecnológicos no tienen precedentes y los desacuerdos políticos son grandes, la humanidad puede aprovechar la ocasión si controlamos nuestros temores y somos un poco más humildes respecto a nuestras ideas. En esa parte se investiga lo que puede hacerse ante la amenaza del terrorismo, ante el peligro de la guerra global y ante los prejuicios y los odios que desencadenan dichos conflictos.

			La cuarta parte está dedicada a la noción de la posverdad, y pregunta hasta qué punto podemos comprender los acontecimientos globales y distinguir entre las fechorías y la justicia. ¿Es capaz Homo sapiens de dar sentido al mundo que ha creado? ¿Existe todavía una frontera clara que separe la realidad de la ficción?

			En la quinta y última parte reúno las diferentes hebras y adopto una mirada más general sobre la vida en una época de desconcierto, cuando los relatos antiguos se han desplomado y, de momento, no ha surgido uno nuevo para sustituirlos. ¿Quiénes somos? ¿Qué debemos hacer en la vida? ¿Qué tipo de talentos necesitamos? Dado todo lo que sabemos y no sabemos acerca de la ciencia, acerca de Dios, acerca de la política y la religión, ¿qué podemos decir acerca del significado de la vida en la actualidad?

			Esto puede parecer sumamente ambicioso, pero Homo sapiens no puede esperar. A la filosofía, a la religión y a la ciencia se les está acabando el tiempo. Durante miles de años se ha debatido sobre el significado de la vida. No podemos prolongar este debate de manera indefinida. La inminente crisis ecológica, la creciente amenaza de las armas de destrucción masiva y el auge de las nuevas tecnologías disruptivas no lo permitirá. Y quizá, lo que es más importante, la inteligencia artificial y la biotecnología están ofreciendo a la humanidad el poder de remodelar y rediseñar la vida. Muy pronto alguien tendrá que decidir cómo utilizar este poder, sobre la base de algún relato implícito o explícito acerca del significado de la vida. Los filósofos son personas muy pacientes, pero los ingenieros no lo son en la misma medida, y los inversores lo son aún menos. Si no sabemos qué hacer con el poder para diseñar vida, las fuerzas del mercado no esperarán mil años para que demos con una respuesta. La mano invisible del mercado nos obligará con su propia y ciega respuesta. A menos que nos contentemos con confiar el futuro de la vida a la merced de informes trimestrales de ingresos, necesitamos una idea clara sobre el sentido de la vida.

			En el último capítulo me permito unas cuantas observaciones personales, y hablo como un sapiens lo haría a otro justo antes de que el telón caiga sobre nuestra especie y se inicie un drama de todo punto diferente.

			 

			 

			Antes de embarcarme en este viaje intelectual, me gustaría destacar un aspecto crucial. Buena parte del libro cuestiona los defectos de la visión liberal del mundo y del sistema democrático. Lo hago no porque crea que la democracia liberal es singularmente problemática, sino más bien porque pienso que es el modelo político más versátil y de mayor éxito que los humanos han desarrollado hasta ahora para afrontar los retos del mundo moderno. Aunque quizá no sea apropiado para todas las sociedades en todas las fases del desarrollo, ha demostrado su valor en más sociedades y en más situaciones que ninguna de sus alternativas. Por tanto, cuando examinemos los nuevos retos que se nos presenten, será necesario comprender las limitaciones de la democracia liberal, y pensar cómo podemos adaptar y mejorar sus instituciones actuales.

			Por desgracia, en el clima político actual cualquier pensamiento crítico sobre el liberalismo y la democracia podría acabar secuestrado por autócratas y diversos movimientos iliberales, cuyo único interés es desacreditar la democracia liberal en lugar de dedicarse a un debate abierto acerca del futuro de la humanidad. Si bien están más que dispuestos a debatir los problemas de la democracia liberal, casi no tienen tolerancia frente a cualquier crítica que se les dirija.

			Como autor, por consiguiente, se me exigía que hiciera una elección difícil: ¿tenía que hablar con franqueza, arriesgándome a que mis palabras se interpretaran fuera de contexto y se usaran para justificar autocracias en expansión, o bien debía autocensurarme? Una característica de los regímenes iliberales es que dificultan más la libertad de expresión incluso fuera de sus fronteras. Debido a la expansión de tales regímenes, está resultando cada vez más peligroso pensar con actitud crítica en el futuro de nuestra especie.

			Después de cierta introspección, elegí la discusión libre frente a la autocensura. Sin criticar el modelo liberal no podemos reparar sus faltas ni ir más allá de él. Pero advierta por favor el lector que este libro solo podía escribirse si la gente era todavía relativamente libre de pensar lo que quiere y de expresarse como quiere. Si el lector valora este libro, debería valorar también la libertad de expresión.


		

	
		
			13 

 			 

            Dios

			 

			No tomes el nombre de Dios en vano

			 

			 

			¿Existe Dios? Eso depende del Dios que el lector tenga en mente. ¿El misterio cósmico o el legislador mundano? A veces, cuando la gente habla de Dios, se refiere a un enigma grandioso e impresionante, acerca del cual no sabemos absolutamente nada. Invocamos a ese Dios misterioso para explicar los enigmas más profundos del cosmos. ¿Por qué hay algo, en lugar de nada? ¿Qué modeló las leyes fundamentales de la física? ¿Qué es la conciencia y de dónde procede? No tenemos respuestas para estas preguntas, y damos a nuestra ignorancia el nombre grandioso de Dios. La característica fundamental de este Dios misterioso es que no podemos decir nada concreto sobre Él. Es el Dios de los filósofos, el Dios del que hablamos cuando nos sentamos alrededor de una fogata en el campo a altas horas de la noche y nos preguntamos sobre el sentido de la vida.

			En otras ocasiones, la gente ve a Dios como un legislador severo y mundano, acerca del cual sabemos demasiado. Sabemos exactamente qué piensa sobre la moda, la comida, el sexo y la política, e invocamos a este Hombre Enojado en el Cielo para justificar un millón de normas, decretos y conflictos. Se molesta cuando las mujeres llevan blusas de manga corta, cuando dos hombres practican sexo entre sí o cuando los adolescentes se masturban. Algunas personas dicen que a Él no le gusta que bebamos alcohol, mientras que según otras Él exige absolutamente que bebamos vino todos los viernes por la noche o las mañanas del domingo. Se han escrito bibliotecas enteras para explicar hasta el más mínimo detalle qué es exactamente lo que Él quiere y lo que no le gusta. La característica fundamental de este legislador mundano es que podemos decir cosas muy concretas de Él. Es el Dios de los cruzados y de los yihadistas, de los inquisidores, los misóginos y los homófobos. Es el Dios del que hablamos cuando nos encontramos alrededor de una pira encendida, lanzando piedras e insultos a los herejes que están quemándose en ella.

			Cuando a los creyentes se les pregunta si Dios de verdad existe, suelen empezar hablando de los misterios enigmáticos del universo y de los límites del conocimiento humano. «La ciencia no puede explicar el big bang —exclaman—, de modo que tiene que haberlo hecho Dios.» Pero, al igual que un mago que engaña al público sustituyendo de manera imperceptible una carta por otra, los creyentes sustituyen con rapidez el misterio cósmico por el legislador mundano. Después de haber dado el nombre «Dios» a los secretos desconocidos del cosmos, lo utilizan para condenar de alguna manera biquinis y divorcios. «No comprendemos el big bang; por tanto, debes cubrirte el pelo en público y votar contra el matrimonio gay.» No solo no existe ninguna conexión lógica entre ambas cosas, sino que en realidad son contradictorias. Cuanto más profundos son los misterios del universo, menos probable es que a quienquiera que sea responsable de ellos le importen un pimiento los códigos de la vestimenta femenina o el comportamiento sexual humano.

			El eslabón perdido entre el misterio cósmico y el legislador mundano suele proporcionarlo algún libro sagrado. El libro está lleno de las normas más tontas, pero no obstante se atribuye al misterio cósmico. En teoría lo compuso el creador del espacio y del tiempo, pero Él se preocupó de iluminarnos sobre todo acerca de algunos arcanos rituales del templo y tabúes alimentarios. Lo cierto es que no tenemos ninguna evidencia, de ningún tipo, de que la Biblia o el Corán o el Libro de Mormón o los Vedas o cualquier otro texto sagrado fuera compuesto por la fuerza que determinó que la energía sea igual a la masa multiplicada por la velocidad de la luz al cuadrado, y que los protones sean 1.837 veces mayores que los electrones. Hasta donde llega nuestro conocimiento científico, todos estos libros sagrados fueron escritos por Homo sapiens imaginativos. Solo son narraciones inventadas por nuestros antepasados con el fin de legitimar normas sociales y estructuras políticas.

			Yo siempre estoy preguntándome acerca del misterio de la existencia, pero nunca he comprendido qué tiene que ver con las exasperantes leyes del judaísmo, el cristianismo o el hinduismo. Estas leyes fueron sin duda muy útiles a la hora de establecer y mantener el orden social durante miles de años. Pero en esto no son fundamentalmente diferentes de las leyes de los estados e instituciones seculares.

			El tercero de los Diez Mandamientos bíblicos instruye a los humanos a no hacer nunca un uso arbitrario del nombre de Dios. Muchas personas creen en esto de una manera infantil, como una prohibición de pronunciar el nombre explícito de Dios (como en la famosa escena de los Monty Python «Si dices Jehová...»). Quizá el significado profundo de este mandamiento sea que nunca hemos de usar el nombre de Dios para justificar nuestros intereses políticos, nuestras ambiciones económicas o nuestros odios personales. La gente odia a alguien y dice: «Dios lo odia»; la gente codicia algo y dice: «Dios lo quiere». El mundo sería un lugar mejor si siguiéramos de manera más devota el tercer mandamiento. ¿Quieres emprender la guerra contra tus vecinos y robarles su tierra? Deja a Dios fuera de la cuestión y encuentra otra excusa.

			A fin de cuentas, se trata de una cuestión de semántica. Cuando uso la palabra «Dios», pienso en el Dios de Estado Islámico, de las cruzadas, de la Inquisición y de las banderolas «Dios odia a los maricones». Cuando pienso en el misterio de la existencia, prefiero usar otras palabras, para evitar la confusión. Y a diferencia del Dios de Estado Islámico y de las cruzadas (al que preocupan mucho los nombres y sobre todo Su nombre más sagrado), al misterio de la existencia le importa un comino qué nombres le demos nosotros, los simios.

			 

			 

			ÉTICA IMPÍA

			 

			Por supuesto, el misterio cósmico no nos ayuda lo más mínimo a mantener el orden social. La gente suele defender que tenemos que creer en un dios que proporcionó algunas leyes muy concretas a los humanos; de lo contrario, la moral desaparecería y la sociedad se sumiría en un caos primigenio.

			Es verdad que la creencia en dioses fue vital para varios órdenes sociales y que a veces tuvo consecuencias positivas. De hecho, las mismas religiones que inspiran odio y fanatismo en algunas personas inspiran amor y compasión en otras. Por ejemplo, a principios de la década de 1960, el reverendo metodista Ted McIlvenna fue consciente de la difícil situación en que se encontraba el colectivo LGBT de su comunidad. Empezó a analizar la situación de gais y lesbianas en la sociedad en general, y en mayo de 1964 convocó una reunión de tres días para fomentar el diálogo entre clérigos y activistas gais y lesbianas en el White Memorial Retreat Center en California. Luego los participantes establecieron el Consejo sobre Religión y el Homosexual, que además de a los activistas incluía a ministros metodistas, episcopalianos, luteranos y de la Iglesia Unida de Cristo. Esta fue la primera organización norteamericana que se atrevió a usar la palabra «homosexual» en su nombre oficial.

			En los años siguientes, las actividades del CRH abarcaron desde organizar fiestas de disfraces hasta emprender acciones legales contra la discriminación y persecución injustas. El CRH se convirtió en la semilla del movimiento de los derechos de los gais en California. El reverendo McIlvenna y los otros hombres de Dios que se le unieron eran muy conscientes de los mandatos bíblicos contra la homosexualidad, pero pensaron que era más importante ser fieles al espíritu compasivo de Cristo que a la palabra estricta de la Biblia.[1]

			Sin embargo, aunque los dioses pueden inspirarnos para que seamos compasivos, la fe religiosa no es una condición necesaria para el comportamiento moral. La idea de que necesitamos un ser sobrenatural que nos haga actuar moralmente implica que hay algo no natural en lo moral. Pero ¿por qué? La moral de algún tipo es natural. Todos los mamíferos sociales, desde los chimpancés hasta las ratas, poseen códigos éticos que ponen límites a cosas como el robo y el homicidio. Entre los humanos, la moral está presente en todas las sociedades, aunque no todas crean en el mismo dios, o no crean en ningún dios. Los cristianos actúan con caridad incluso sin creer en el panteón hindú, los musulmanes valoran la honestidad a pesar de rechazar la divinidad de Cristo, y los países seculares, como Dinamarca y la República Checa, no son más violentos que los países devotos, como Irán y Pakistán.

			La moral no significa «seguir los mandatos divinos». Significa «reducir el sufrimiento». De ahí que para actuar moralmente no haga falta creer en ningún mito o relato. Solo necesitamos comprender de manera profunda el sufrimiento. Si comprendemos en verdad cómo un acto causa un sufrimiento innecesario, a nosotros mismos o a otros, nos abstendremos naturalmente de ella. No obstante, la gente asesina, viola y roba porque solo entiende de manera superficial la desgracia que ello causa. Se obsesiona en satisfacer su lujuria o su avaricia inmediatas, sin preocuparse por el impacto que causa en los demás, o incluso por el impacto a largo plazo sobre ellos mismos. Aun los inquisidores que deliberadamente infligen a su víctima tanto dolor como sea posible, suelen emplear varias técnicas insensibilizadoras y deshumanizadoras para distanciarse de lo que están haciendo.[2]

			El lector podría objetar que todo humano busca de manera natural evitar sentirse desgraciado, pero ¿por qué habría de preocuparse un humano por las desgracias de los demás, a menos que algún dios lo exigiera? Una respuesta evidente es que los humanos son animales sociales, de modo que su felicidad depende en una medida muy grande de sus relaciones con los demás. Sin amor, amistad y comunidad, ¿quién puede ser feliz? Una vida egocéntrica y solitaria casi siempre es garantía de infelicidad. De modo que, como mínimo, para ser felices necesitamos preocuparnos de nuestra familia, nuestros amigos y los miembros de nuestra comunidad.

			¿Y qué pasa, entonces, con quienes nos son totalmente extraños? ¿Por qué no matar a los extraños y arrebatarles sus posesiones para enriquecerme yo y enriquecer a mi tribu? Muchos pensadores han construido complicadas teorías sociales que explican que, a la larga, este comportamiento es contraproducente. No querríamos vivir en una sociedad donde a los extraños se les roba y asesina de forma rutinaria. No solo nos hallaríamos en peligro constante, sino que además no nos beneficiaríamos de cosas como el comercio, que depende de la confianza entre extraños. Los mercaderes no suelen visitar los antros de ladrones. Esta es la manera como los teóricos seculares, desde la antigua China hasta la moderna Europa, han justificado la regla de oro de «no hagas a los demás lo que no querrías que ellos te hicieran».

			Pero en verdad no hacen falta teorías tan complejas y a largo plazo de este tipo para encontrar una base natural de la compasión universal. Olvidemos el comercio por un momento. En un plano mucho más inmediato, hacer daño a los demás siempre me hace daño también a mí. Cada acto violento en el mundo empieza con un deseo violento en la mente de alguien, que perturba la paz y la felicidad de dicha persona antes de perturbar la paz y la felicidad de alguna otra. Así, la gente rara vez roba a menos que primero desarrolle en su mente mucha avaricia y envidia. La gente no suele matar a menos que primero genere ira y odio. Las emociones como la avaricia, la envidia, la ira y el odio son muy desagradables. No podemos experimentar alegría y armonía si estamos llenos de odio o envidia. De modo que mucho antes de que matemos a alguien, nuestra ira ya ha matado nuestra paz de espíritu.

			De hecho, podríamos sentir ira durante años sin llegar a matar realmente al objeto de nuestra ira. En cuyo caso no hemos dañado a nadie, pero sí nos hemos hecho daño a nosotros mismos. Por tanto, es nuestro propio interés natural (y no el mandamiento de un dios) lo que debería inducirnos a actuar respecto a nuestra ira. Si estuviéramos completamente libres de ira nos sentiríamos muchísimo mejor que si matáramos a un enemigo odioso.

			En el caso de algunas personas, la firme creencia en un dios compasivo que nos ordena poner la otra mejilla puede ayudar a refrenar la ira. Esta ha sido una contribución enorme de la fe religiosa a la paz y la armonía del mundo. Por desgracia, en otras personas la fe religiosa aviva y justifica en realidad su ira, en especial si alguien se atreve a insultar a su dios o a no hacer caso de sus deseos. De modo que el valor del dios legislador depende en último término del comportamiento de sus devotos. Si actúan bien, pueden creer lo que quieran. De manera similar, el valor de los ritos religiosos y los lugares sagrados depende del tipo de sentimientos y comportamientos que inspiran. Si visitar un templo hace que la gente experimente paz y armonía, es maravilloso. Pero si un templo en concreto provoca violencia y conflictos, ¿para qué lo necesitamos? Es a todas luces un templo disfuncional. De la misma manera que no tiene sentido luchar por un árbol enfermo que produce espinas en lugar de frutos, también carece de sentido luchar por un templo defectuoso que genera enemistad en lugar de armonía.

			No visitar ningún templo ni creer en ningún dios es también una opción viable. Como se ha demostrado en los últimos siglos, no hace falta invocar el nombre de Dios para llevar una vida moral. El laicismo puede proporcionarnos todos los valores que necesitamos.


		

	
		
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            Libertad

			 

			Los macrodatos están observándote

			 

			 

			El relato liberal considera la libertad humana el valor más importante. Aduce que toda autoridad surge en último término del libre albedrío de los individuos humanos, que se expresa en sus sentimientos, deseos y opciones. En política, el liberalismo cree que el votante sabe lo que le conviene. Por tanto, defiende las elecciones democráticas. En economía, el liberalismo mantiene que el cliente siempre tiene la razón. Por tanto, da la bienvenida a los principios del mercado libre. En cuestiones personales, el liberalismo anima a las personas a que se escuchen a sí mismas, a que sean fieles a sí mismas y a que sigan los dictados de su corazón, siempre y cuando no vulneren las libertades de los demás. Esta libertad personal queda consagrada en los derechos humanos.

			En el discurso político occidental el término «liberal» se usa a veces hoy en día en un sentido partidista mucho más estricto, para denotar a los que apoyan causas específicas como el matrimonio gay, el control de las armas y el aborto. Pero la mayoría de los llamados conservadores también defienden la amplia visión liberal del mundo. Sobre todo en Estados Unidos, tanto republicanos como demócratas deberían tomarse de vez en cuando un respiro de sus acaloradas disputas para recordarse que todos están de acuerdo en cuestiones fundamentales como las elecciones libres, la judicatura independiente y los derechos humanos.

			En particular, es vital recordar que héroes de la derecha, como Ronald Reagan y Margaret Thatcher, fueron grandes adalides no solo de las libertades económicas, sino también de las individuales. En una famosa entrevista de 1987, Thatcher dijo: «No existe tal cosa como la sociedad. Existe un tapiz vivo de hombres y mujeres, […] y la calidad de nuestra vida depende de lo mucho que cada uno esté preparado para responsabilizarse de sí mismo».[1]

			Los herederos de Thatcher en el Partido Conservador estaban totalmente de acuerdo con el Partido Laborista en que la autoridad política procede de los sentimientos, las opciones y el libre albedrío de los votantes individuales. Así, cuando Gran Bretaña necesitó decidir si debía abandonar la Unión Europea, el primer ministro David Cameron no pidió a la reina Isabel II, al arzobispo de Canterbury ni a los rectores de Oxford y Cambridge que resolvieran la cuestión. Ni siquiera a los miembros del Parlamento. En cambio, convocó un referéndum en que a todos y a cada uno de los británicos se les preguntó: «¿Qué opina sobre la cuestión?».

			El lector podría objetar que a la gente se le tenía que haber preguntado: «¿Qué piensa?» en lugar de: «¿Qué opina?», pero este es un error común. Los referéndums y las elecciones tienen siempre que ver con los sentimientos humanos, no con la racionalidad humana. Si la democracia fuera un asunto de toma de decisiones racionales, no habría ninguna razón para conceder a todas las personas los mismos derechos de voto o quizá ningún derecho de voto. Existe evidencia sobrada de que algunas personas están más informadas y son más racionales que otras, y en especial cuando se trata de cuestiones económicas y políticas específicas.[2] Después de la votación sobre el Brexit, el eminente biólogo Richard Dawkins protestó diciendo que nunca se le hubiera debido pedir a la inmensa mayoría de la opinión pública británica (él incluido) que votara en referéndum, porque carecían de los conocimientos suficientes de economía y ciencia política. «Por la misma razón podría convocarse un plebiscito nacional para decidir si Einstein hizo correctamente sus cálculos algebraicos, o dejar que los pasajeros de un avión votaran en qué pista debería aterrizar el piloto.»[3]

			Sin embargo, para lo bueno y para lo malo, las elecciones y los referéndums no tratan de lo que pensamos. Tratan de lo que sentimos. Y cuando la cosa va de sentimientos, Einstein y Dawkins no son mejores que cualquier hijo de vecino. La democracia da por sentado que los sentimientos humanos reflejan un «libre albedrío» misterioso y profundo, que este «libre albedrío» es el origen último de la autoridad, y que mientras que algunas personas son más inteligentes que otras, todos los humanos son igualmente libres. Como Einstein y Dawkins, una sirvienta analfabeta también tiene libre albedrío, de modo que el día de las elecciones sus sentimientos (representados por su voto) cuentan tanto como los de cualquier otra persona.

			Los sentimientos guían no solo a los votantes, sino también a los líderes. En el referéndum sobre el Brexit de 2016, la campaña del Leave estaba encabezada a la vez por Boris Johnson y Michael Gove. Tras la dimisión de David Cameron, Gove apoyó inicialmente a Johnson para el puesto de primer ministro, pero en el último minuto Gove declaró que Johnson era inadecuado para el cargo y anunció su propia intención de presentarse para el puesto. La acción de Gove, que acabó con las opciones de Johnson, se describió como un asesinato político maquiavélico.[4] Pero Gove defendió su conducta recurriendo a sus sentimientos, al explicar: «En cada fase de mi vida política me he hecho una misma pregunta: “¿Qué es lo correcto? ¿Qué me dice el corazón?”».[5] Esta es la razón por la que, según Gove, luchó con tanto ahínco por el Brexit, y por la que se sintió obligado a traicionar a su antiguo aliado Boris Johnson y a competir él mismo por la posición de macho alfa: porque su corazón le dijo que lo hiciera.

			Esta confianza en el corazón puede ser el talón de Aquiles de la democracia liberal. Porque una vez que alguien (ya sea en Pekín o en San Francisco) disponga de la capacidad tecnológica de acceder al corazón humano y manipularlo, la política democrática se transformará en un espectáculo de títeres emocional.

			 

			 

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			La creencia liberal en los sentimientos y las opciones libres de los individuos no es natural ni muy antigua. Durante miles de años la gente creyó que la autoridad procedía de leyes divinas y no del corazón humano, y que por tanto debíamos santificar la palabra de Dios y no la libertad humana. Solo en los últimos siglos el origen de la autoridad pasó de las deidades celestiales a los humanos de carne y hueso.

			La autoridad puede cambiar de nuevo pronto: de los humanos a los algoritmos. De la misma manera que la autoridad divina estaba legitimada por mitologías religiosas y la autoridad humana estaba justificada por el relato liberal, así la revolución tecnológica que se avecina podría establecer la autoridad de los algoritmos de macrodatos, al tiempo que socavaría la idea misma de la libertad individual.

			Tal como hemos indicado en el capítulo anterior, los descubrimientos científicos sobre la manera en que nuestro cerebro y nuestro cuerpo funcionan sugerirían que nuestros sentimientos no son una cualidad espiritual exclusivamente humana y que no reflejan ningún tipo de «libre albedrío». Por el contrario, los sentimientos son mecanismos bioquímicos que todos los mamíferos y aves emplean para calcular rápidamente probabilidades de supervivencia y de reproducción. Los sentimientos no están basados en la intuición, la inspiración o la libertad; están basados en el cálculo.

			Cuando un mono, un ratón o un humano ve una serpiente, el miedo aflora porque millones de neuronas calculan muy deprisa en el cerebro los datos relevantes y concluyen que la probabilidad de muerte es elevada. Los sentimientos de atracción sexual surgen cuando otros algoritmos bioquímicos calculan que un individuo cercano ofrece una probabilidad elevada de apareamiento exitoso, de vinculación social o de otro objetivo ansiado. Los sentimientos morales, como la indignación, el remordimiento o el perdón, se derivan de mecanismos neurales que surgieron por evolución para permitir la cooperación en grupo. Todos estos algoritmos bioquímicos se perfeccionaron a lo largo de millones de años de evolución. Si los sentimientos de algún antiguo antepasado cometieron una equivocación, los genes que los modelaron no pasaron a la siguiente generación. Así, los sentimientos no son lo opuesto a la racionalidad: encarnan la racionalidad evolutiva.

			Por lo general no nos damos cuenta de que los sentimientos son en realidad cálculos, porque el rápido proceso del cálculo tiene lugar muy por debajo de nuestro umbral de la conciencia. No sentimos los millones de neuronas en el cerebro que computan probabilidades de supervivencia y reproducción, de modo que creemos erróneamente que nuestro miedo a las serpientes, nuestra elección de pareja sexual o nuestras opiniones sobre la Unión Europea son el resultado de algún misterioso «libre albedrío».

			No obstante, aunque el liberalismo se equivoca al pensar que nuestros sentimientos reflejan un libre albedrío, hasta el día de hoy todavía tenía un buen sentido práctico. Porque aunque no había nada mágico o libre en nuestros sentimientos, eran el mejor método en el universo para decidir qué estudiar, con quién casarse y a qué partido votar. Y ningún sistema externo podía esperar comprender mis sentimientos mejor que yo. Aun cuando la Inquisición española o el KGB soviético me espiaran cada minuto del día, carecían del conocimiento biológico y la capacidad de cómputo necesarios para acceder subrepticiamente a los procesos bioquímicos que modelan mis deseos y opciones. A efectos prácticos, era razonable argumentar que poseía libre albedrío, porque mi deseo estaba conformado principalmente por la interacción de fuerzas internas, que nadie externo a mí podía ver. Puedo gozar de la ilusión de que controlo mi liza interna y secreta, mientras que los extraños jamás podrán comprender en verdad lo que ocurre en mí y cómo tomo las decisiones.

			En consecuencia, el liberalismo estaba en lo cierto al aconsejar a la gente que siguiera los dictados de su corazón en lugar de los de algún sacerdote o de algún apparatchik del partido. Sin embargo, pronto los algoritmos informáticos podrán aconsejarnos mejor que los sentimientos humanos. A medida que la Inquisición española y el KGB dejan paso a Google y a Baidu, es probable que el «libre albedrío» quede desenmascarado como un mito, y el liberalismo pueda perder sus ventajas prácticas.

			Porque ahora nos hallamos en la confluencia de dos revoluciones inmensas. Por un lado, los biólogos están descifrando los misterios del cuerpo humano, y en particular del cerebro y los sentimientos. Al mismo tiempo, los informáticos nos proporcionan un poder de procesamiento de datos sin precedentes. Cuando la revolución de la biotecnología se fusione con la revolución de la infotecnología, producirá algoritmos de macrodatos que supervisarán y comprenderán mis sentimientos mucho mejor que yo, y entonces la autoridad pasará probablemente de los humanos a los ordenadores. Es posible que mi ilusión del libre albedrío se desintegre a medida que me tope diariamente con instituciones, compañías y organismos gubernamentales que comprendan y manipulen lo que hasta la fecha era mi fuero interno inaccesible.

			Esto ya está ocurriendo en el campo de la medicina. Las decisiones médicas más importantes de nuestra vida no dependen de nuestras sensaciones de enfermedad o bienestar, ni siquiera de las predicciones informadas de nuestro médico, sino de los cálculos de ordenadores que comprenden nuestro cuerpo mucho mejor que nosotros. Dentro de unas pocas décadas, algoritmos de macrodatos alimentados por un flujo constante de datos biométricos podrán controlar nuestra salud a todas horas y todos los días de la semana. Podrán detectar el inicio mismo de la gripe, de un cáncer o del Alzheimer mucho antes de que notemos que algo va mal en nosotros. Entonces podrán recomendar tratamientos, dietas y regímenes diarios apropiados, hechos a medida para nuestro físico, nuestro ADN y nuestra personalidad únicos.

			La gente gozará de la mejor atención sanitaria de la historia, pero justo por eso es probable que esté enferma todo el tiempo. Siempre hay algo que está mal en algún lugar del cuerpo. Siempre hay algo que puede mejorarse. En el pasado, nos sentíamos perfectamente sanos mientras no sufriésemos dolor o no padeciéramos una discapacidad aparente como una cojera. Pero en 2050, gracias a sensores biométricos y algoritmos de macrodatos, podrán diagnosticarse y tratarse las enfermedades mucho antes de que generen dolor o produzcan discapacidad. Como resultado, siempre nos encontraremos padeciendo alguna «enfermedad» y siguiendo esta o aquella recomendación algorítmica. Si nos negamos, quizá nuestro seguro sanitario quede invalidado, o nuestro jefe nos despida: ¿por qué habrían de pagar ellos el precio de nuestra testarudez?

			Una cosa es seguir fumando a pesar de las estadísticas generales que relacionan el tabaco con el cáncer de pulmón, y otra muy distinta es continuar fumando a pesar de una advertencia concreta de un sensor biométrico que acaba de detectar diecisiete células cancerosas en la parte superior de nuestro pulmón izquierdo. Y si estamos dispuestos a desafiar al sensor, ¿qué haremos cuando el sensor transmita la advertencia a nuestra agencia de seguros, a nuestro jefe o a nuestra madre?

			¿Quién dispondrá del tiempo y la energía para ocuparse de todas estas enfermedades? Con toda probabilidad, podremos sencillamente instruir a nuestro algoritmo de salud para que se ocupe de la mayoría de estos problemas como considere conveniente. En el mejor de los casos, enviará actualizaciones periódicas a nuestros teléfonos inteligentes, y nos dirá que «se detectaron y se destruyeron diecisiete células cancerosas». Los hipocondríacos quizá lean con responsabilidad esas actualizaciones, pero la mayoría seguramente las pasaremos por alto de la misma manera que hacemos caso omiso de esos avisos tan fastidiosos del antivirus en nuestros ordenadores.

			 

			 

			EL DRAMA DE LA TOMA DE DECISIONES

			 

			Es probable que lo que ya está empezando a ocurrir en medicina ocurra cada vez en más ámbitos. La invención clave es el sensor biométrico, que la gente puede llevar sobre su cuerpo o dentro del mismo, y que convierte procesos biológicos en información electrónica que los ordenadores pueden almacenar y analizar. Dados los suficientes datos biométricos y la suficiente potencia de cómputo, los sistemas externos de procesamiento de datos pueden acceder a todos nuestros deseos, decisiones y opiniones. Son capaces de saber con exactitud quiénes somos.

			La mayoría de la gente no se conoce muy bien a sí misma. Cuando yo tenía veintiún años, comprendí de una vez por todas que era gay, después de varios años de negarme a aceptarlo. Esto no es nada excepcional. Muchos hombres gais pasan toda su adolescencia inseguros sobre su sexualidad. Imagine ahora el lector la situación en 2050, cuando un algoritmo pueda decirle exactamente a un quinceañero en qué lugar se encuentra en un espectro de gais a heterosexuales (e incluso lo flexible que es dicha posición). Quizá el algoritmo nos muestre imágenes o vídeos de hombres y mujeres atractivos, siga los movimientos de nuestros ojos, la presión sanguínea y la actividad cerebral, y en cuestión de cinco minutos produzca un número en la escala de Kinsey.[6] Esto podría haberme ahorrado años de frustración. Quizá el lector no quiera realizar dicha prueba de forma individual, pero imagínese que se encuentra con un grupo de amigos en la aburrida fiesta de aniversario de Michelle, y que alguien sugiere que todos nos sometamos por turnos a este algoritmo nuevo y genial (y que todos estén alrededor observando los resultados y comentándolos). ¿Acaso el lector se marcharía?

			Incluso en el caso de que lo hiciera, y aunque se escondiera de sí mismo y sus compañeros de clase, no podría esconderse de Amazon, Alibaba o la policía secreta. Mientras el lector navega por la web, mira algo en YouTube o lee las noticias de su red social, los algoritmos lo supervisarán y analizarán discretamente, y le dirán a Coca-Cola que si quiere venderle algún refresco, será mejor que en los anuncios utilice al chico descamisado antes que a la chica sin blusa. El lector ni siquiera lo sabrá. Pero ellos sí lo sabrán, y esta información valdrá miles de millones.

			Y además, quizá todo esto se haga de manera abierta y la gente comparta su información a fin de obtener mejores recomendaciones, y al final para hacer que el algoritmo tome decisiones por ella. Se empieza por cosas sencillas, como decidir qué película ver. Mientras nos sentamos con un grupo de amigos para pasar una agradable tarde frente al televisor, primero hemos de elegir qué vamos a ver. Hace cincuenta años no teníamos opción, pero hoy en día, con el auge de los servicios de películas a la carta, existen miles de títulos disponibles. Llegar a un acuerdo puede ser bastante difícil, porque mientras que al lector le gustan las películas de ciencia ficción y suspense, Jack prefiere las comedias románticas y Jill vota por pretenciosos filmes franceses. Podría muy bien ocurrir que terminarais aviniéndoos a ver alguna película mediocre de serie B que os decepcione a todos.

			Un algoritmo podría ayudar. Podríamos decirle qué películas anteriores nos han gustado de verdad a cada uno y, en función de su base de datos estadística masiva, el algoritmo encontraría entonces la combinación perfecta para el grupo. Por desgracia, es fácil que un algoritmo tan tosco esté mal informado, en particular porque es evidente que los informes personales suelen ser un indicador muy poco fiable de las verdaderas preferencias de la gente. Suele ocurrir que oímos a muchas personas elogiar una determinada película como una obra maestra, nos sentimos obligados a verla y, aunque nos quedamos dormidos a la mitad, no queremos parecer ignorantes, de modo que decimos a todo el mundo que fue una experiencia increíble.[7]

			Sin embargo, estos problemas pueden resolverse si simplemente dejamos que el algoritmo recopile datos en tiempo real sobre nosotros mientras vemos los filmes, en lugar de basarnos en nuestros informes personales y dudosos. Para empezar, el algoritmo puede supervisar qué películas vimos enteras y cuáles dejamos a medio ver. Incluso si le decimos a todo el mundo que Lo que el viento se llevó es la mejor película jamás rodada, el algoritmo sabrá que nunca pasamos de la primera media hora y nunca vimos en verdad cómo se incendiaba Atlanta.

			Pero el